Hace unos días, un paciente joven me comentaba que se daba cuenta de cómo va buscando la aprobación en los demás. En las redes sociales también. Y cómo necesita controlar su forma de vestir, de estar a la moda, las opiniones que da, sus acciones…, para sentirse valorado.

Ahora se da cuenta de cuál es la factura que está pagando por dejar su vida -y su auténtica valía- en manos de un público, el que sea.

No entro en las motivaciones originales de esta desesperada y compulsiva búsqueda de reconocimiento, que quedan para la intimidad de su proceso.

Le resumí, para que entendiera cómo funciona el carácter, que en realidad somos como un gran queso gruyere.

El queso gruyere es, en esencia, perfecto. La nata, la leche, el cuajo, en definitiva sus componentes, se van conformando en su maduración de esta manera tan peculiar que lo define.

Va formando hoyos y agujeros, y adoptando esas formas sinuosas y particulares.

No hay dos quesos gruyere iguales. Cada uno es único e irrepetible.

A nosotros, como a este queso, en esencia no nos falta nada.

En la forma sin embargo, tenemos huecos, carencias y siempre va a haber una falta.

La forma del queso es nuestro carácter.El sabor, nuestra esencia.

El problema viene cuando queremos rellenar esta falta con algo de fuera. Compulsiva o inconscientemente. Sin atrevernos a mirar, o rechazando, los huecos que tenemos, las faltas. El vacío asusta.

Todos arrastramos desde la infancia, de una u otra forma, una sensación de falta de amor. Esto es así. Son los huecos en el queso gruyere.

Lo que hacemos para mitigar esa sensación, y lo que nos termina enfermando, es que intentamos rellenarlos con algo que nada tiene que ver con nuestra necesidad real. Es como si al queso gruyere auténtico, primigenio, perfecto, le rellenáramos los huecos con derivados, sucedáneos o pseudoquesos. A veces incluso con serrín. Sucedáneos del amor a nosotros mismos.

De esa manera calmamos nuestra angustia ante el vacío, ante la falta de amor tal y como lo imaginamos.

Pero también evitamos aprender que esos huecos no matan. No hacen que seamos “peor queso” o que seamos un ser humano de menor calidad.

En la medida en que estos vacíos los rellenemos con cosas de fuera, van a ocurrir dos cosas:

1-Vamos a olvidar nuestro sabor auténtico, (se vive en la inopia, en babia, anestesiado, como dormido)

2-Se nos va a pudrir, por contaminación, lo que no estaba vacío; esto suele llevarnos a una crisis. ¡Por suerte! Porque es la única forma de que nos demos cuenta de lo que está pasando antes de que sea demasiado tarde.

Cómo habréis imaginado, la manera de resolver todo esto del queso y los agujeros tiene que ver, entre otras cosas, con lo que entendemos por AUTOESTIMA.

AUTOESTIMA = QUÉ PIENSO YO DE MI, QUÉ SÉ YO DE MI, QUÉ ASUMO YO DE MI

En muchos de nuestros adolescentes (y no adolescentes), está mediatizada por las redes sociales mal empleadas, la importancia exagerada que otorgan a lo que opina el grupo, a las modas cambiantes, inestables y fugaces, etc.

¿Cuántos adultos suspenderían en la asignatura de autoestima?

¿Cuánta necesidad de buscar en el otro lo que no tuviste en la infancia tienes tu?

¿Cuánto te empeñas en cambiar al otro para que arregle lo que está roto en ti?

Si crees que no puedes convivir con tus carencias, o no encuentras en ti otra cosa más que agujeros, no dudes en pedir ayuda.

Para saber más , ponte en contacto conmigo.