«Sé que hacer ejercicio me sienta bien, pero no voy al gimnasio.» «Sé que esa relación no me hace bien, pero no me voy.» «Sé que necesito pedir ayuda, pero no lo hago.» Si alguna de estas frases te resulta familiar, bienvenido/a al club más numeroso del mundo: el de las personas que se resisten a lo que les conviene.
No es falta de voluntad
Lo primero que quiero decirte es esto: no es un problema de fuerza de voluntad. Esa explicación es demasiado simple y, además, te hace sentir culpable por algo que tiene raíces mucho más profundas.
La resistencia al cambio es una respuesta del sistema nervioso. El cerebro, en su afán por mantenernos seguros, prefiere lo conocido —aunque sea incómodo— a lo desconocido, aunque sea mejor. Lo familiar es predecible. Lo nuevo, aunque prometedor, genera incertidumbre. Y la incertidumbre activa la alarma.
¿Qué hay detrás de la resistencia?
Detrás de casi toda resistencia al cambio hay alguno de estos mecanismos:
1. Miedo a perder la identidad
Llevamos tanto tiempo siendo "la persona ansiosa", "la que aguanta todo", "la que no pide ayuda"… que cambiar eso implica dejar de ser quien creemos que somos. Aunque ese "quien somos" nos haga sufrir, al menos lo conocemos.
2. Lealtades invisibles
A veces, inconscientemente, no nos permitimos estar bien porque hacerlo implicaría "traicionar" a alguien de nuestro sistema familiar. Si tu madre fue infeliz toda su vida, puede que inconscientemente sientas que ser feliz tú es una deslealtad hacia ella.
3. El cambio implica pérdida
Todo cambio, aunque positivo, implica dejar algo atrás. Dejar una relación que no funciona implica perder también la compañía, la rutina, los planes que había. El duelo de lo que se va puede ser más fuerte que el alivio de lo que se gana.
4. El beneficio secundario
Esto es más difícil de ver, pero muy poderoso: a veces nuestra "disfunción" nos da algo. La ansiedad puede darnos atención y cuidados. La depresión puede eximirnos de responsabilidades que nos aterran. El problema nos mantiene en un lugar donde hay algo que necesitamos.
«No te resistes al cambio porque seas débil. Te resistes porque una parte de ti está intentando protegerte de algo.»
¿Qué hacer con la resistencia?
Lo primero es dejar de luchar contra ella. La resistencia no es el enemigo; es información. Cuando aparece, la pregunta útil no es "¿cómo la elimino?" sino "¿qué me está diciendo?"
- ¿Qué perdería si cambio?
- ¿A qué le tengo miedo realmente?
- ¿Hay alguna lealtad o mandato familiar que estoy siguiendo?
- ¿Qué me da este problema que no podría obtener de otra forma?
Estas preguntas no siempre tienen respuesta fácil. A veces necesitamos ayuda para encontrarlas.
El papel de la terapia
La terapia es, en gran medida, un trabajo con la resistencia. No para derribarla por la fuerza, sino para entender qué hay debajo, darle lo que necesita y acompañar el cambio de forma que sea posible y sostenible.
Si llevas tiempo sabiendo lo que necesitas hacer pero sin poder hacerlo, quizás no te falta motivación. Quizás te falta alguien que te acompañe a mirar lo que hay debajo de esa resistencia.
